Thursday, September 04, 2008
Isla de la Juventud
Tras las huellas de Gustav: El dolor de ir y volver
Por: Yailin Orta Rivera
Correo: digital@jrebelde.cip.cu
04 de septiembre de 2008 00:14:05 GMT
Caminar entre los pineros es como hacerlo entre un vendaval de desgarraduras, y también de inmensidades humanasNUEVA GERONA.— «Aún tengo clavado en mi mente el llanto desconsolado de la pequeña Catherine. Cerraba bien fuerte sus ojos y con sus manitos se apretaba la cara, al tiempo que gritaba desesperada que se fuera ese «bicho». Tiene cinco años, y solo atinamos a protegerla debajo de la meseta de la casa. Era el único lugar que nos pareció seguro en el momento del paso del fenómeno».
Ante los estragos de Gustav, en el territorio pinero solo es posible ir del asombro al desconcierto, hasta terminar en un dolor sin fondo. Foto: Ismael Francisco GonzálezUn estremecimiento, una sacudida electrizante, es solo lo que puede sentir quien tiene a los pineros delante volviendo a sus recuerdos del sábado. Betty aquel día no pudo mantener la calma. El techo de su casa y sus pertenencias volaban. Junto a su esposo fue hasta la cocina, que era la única habitación de placa, y protegieron a la niña en aquel singular refugio. Se deshizo después en el piso y empezó a dar golpes y a clamar porque aquello pasara rápido.
Tras las huellas de Gustav: El dolor de ir y volver
Por: Yailin Orta Rivera
Correo: digital@jrebelde.cip.cu
04 de septiembre de 2008 00:14:05 GMT
Caminar entre los pineros es como hacerlo entre un vendaval de desgarraduras, y también de inmensidades humanasNUEVA GERONA.— «Aún tengo clavado en mi mente el llanto desconsolado de la pequeña Catherine. Cerraba bien fuerte sus ojos y con sus manitos se apretaba la cara, al tiempo que gritaba desesperada que se fuera ese «bicho». Tiene cinco años, y solo atinamos a protegerla debajo de la meseta de la casa. Era el único lugar que nos pareció seguro en el momento del paso del fenómeno».
Ante los estragos de Gustav, en el territorio pinero solo es posible ir del asombro al desconcierto, hasta terminar en un dolor sin fondo. Foto: Ismael Francisco GonzálezUn estremecimiento, una sacudida electrizante, es solo lo que puede sentir quien tiene a los pineros delante volviendo a sus recuerdos del sábado. Betty aquel día no pudo mantener la calma. El techo de su casa y sus pertenencias volaban. Junto a su esposo fue hasta la cocina, que era la única habitación de placa, y protegieron a la niña en aquel singular refugio. Se deshizo después en el piso y empezó a dar golpes y a clamar porque aquello pasara rápido.
Publicado por Pablo Graciano Cruz en 1:33 PM



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